
Hay un lugar olvidado por el mundo. Un lugar en el que se pelea a diario contra un destino que se empecina en hacer estragos. El último rinconcito de esperanza para niños desamparados.
Es un lugar que no queda en un rincón perdido de Africa ni en la periferia de la India. Queda a menos de media hora de esta Capital Federal y se llama Hogar de los Milagros (1). Yo suelo ir cuando tengo un momento libre para hacerles magia a los chicos que se hospedan allí.
Siempre soy muy bien recibido por Julia y Lurdes, las encargadas de cuidar a los chicos. Ellas me saludan como si yo fuera realmente importante, con una alegría que es imposible de improvisar. En ese momento, en ese preciso momento, me siento una persona valiosa.
Siento que mi vida tiene un significado real. Y nunca puedo dejar de impresionarme cuando veo el amor con el que esos chicos son tratados por ellas. Sobre todo cuando pienso que son infantes maltratados por la vida.
Según palabras de Julia “el Hogar Milagros es un lugar de tránsito que recibe a niños portadores de HIV y con otras discapacidades severas y que se encuentran bajo tutela judicial”.
Ella y su hija abren su casa para albergar a menores que por ser hijos de padres enfermos, violentos o ausentes, se encuentran en custodia del estado, por haber determinado la justicia que en su hogar de origen no se respetaban sus derechos.
Los chicos que alberga Julia en el hogar generalmente están enfermos, desnutridos, infectados con VIH/Sida, sordos, ciegos o con graves problemas neurológicos. Y no es casual, la mayoría de ellos son hijos de padres enfermos, con adicciones, violentos o inexistentes. Esos chicos suelen llegar al Hogar Milagros “con lo puesto”, requiriendo de inmediato alimentación, abrigo, vestido, tratamiento y medicinas y, por sobre todo, mucha comprensión, afecto y contención.
Es dable destacar que el gobierno de la provincia de Buenos Aires subvenciona a tres de los niños que viven actualmente en el Hogar, pero ese fondo es otorgado con atraso y en módicas cantidades. Por eso Julia y Lurdes apelan a la solidaridad de todos nosotros, los particulares, para intentar cubrir algunas de las necesidades de los niños.
Esas necesidades no son nada fáciles de saciar. Al tratarse de niños enfermos, aparte de la cuota diaria de alimentación, vestido, medicamentos, rehabilitación y pañales, hace falta la adquisición de leches especiales, sillas de ruedas y mochilas de oxígeno, entre otras cosas.
Cada uno de nosotros puede colaborar llamando al 4840-0922 o a través de la siguiente Caja de Ahorro: 500541/8 del Banco Provincia, Sucursal 5097 - San Martín (La cuenta está a nombre de María Lurdes Rojo). Será la mejor inversión de nuestras vidas, se los aseguro.
Hay varios chicos que viven allí y que sólo podrán crecer en la medida en que les podamos dar una mano. Les voy a hablar acerca de algunos de ellos.
Ezequiel tiene una parálisis cerebral que no lo inhibe en absoluto a la hora de demostrar sus hermosos sentimientos hacia los demás, él tiene un gran corazón y sabe cómo hacer entender sus afectos.
Angel Gabriel es portador de HIV sin siquiera saber qué significa esa enfermedad. Su madre nunca lo quiso y creo que debe ser por eso que suele llamar “mamá” a Julia. Su enorme inteligencia sólo es superada por su elocuente afecto.
Celeste también tiene HIV y una enorme necesidad de dar y recibir amor. Se lo demuestra a cada una de las personas que se animan a visitarla.
Dylan es uno de los más complicados, tiene una enfermedad llamadaencefalopatía anóxica hisquémica y vive conectado a una bomba de alimentación cuyo alquiler es bastante oneroso (4). Su mirada es una de las más impresionantes que vi en mi vida: sus enormes ojos reflejan una ternura que pocos chicos pueden brindar.
Cintia ingresó al hogar con una pierna amputada debido a la caída en una estación de tren mientras mendigaba. Gracias a Julia, hoy tiene una pierna ortopédica y su futuro -que parecía perdido- hoy es muy promisorio. A Cintia le encanta correr por el parque del hogar y disfrutar de los días soleados. El sol en su rostro la vuelve aún más hermosa de lo que es.
Estos son algunos de los niños que viven en el Hogar Milagros, tratando de superar su propio destino y contenidos por el infinito afecto de dos mujeres que merecen el mayor de mis respetos. Son mujeres que asumen una responsabilidad enorme cada día, luchando para disponer de todo lo que los niños requieren para sentirse bien y comenzar su recuperación.
Son mujeres que han tenido que soportar con entereza situaciones negativas como la muerte prematura de algunos pequeños o el alejamiento de otros.
Ellas no rechazan a ningún niño, aún cuando cada aceptación significa mayor responsabilidad y compromiso para brindar lo necesario al nuevo menor incorporado.
Si no lo hubiese visto, no lo creería. Julia y Lurdes me han dado la lección de mi vida. Ellas resignan sus propias vidas para ayudar sin respiro a este grupo de chicos que sólo cuenta con su cariño. Y lo hacen gustosas de hacerlo, aunque parezca increíble.
Esa es la lección que me han dado: que la felicidad más pura sólo puede ser posible si conseguimos sentir satisfacción por ayudar a los demás.
No es sencillo, lo sé. Pero entiendo que es el camino que debo empezar a recorrer.

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